Ir al contenido principal

jojoba

8 beneficios del aceite de jojoba para tu salud y piel, cómo adquirir el mejor aceite 2026

La abuela de mi amiga Notzomi (japonesa) tiene una piel espectacular, ni una sola arruga.          Todas las noches se hace un masaje antes de dormir con aceite, y como yo soy super cotilla (pero de los cotilleos buenos, de los que enseñan), le pregunté cuál era su aceite favorito, el que usa cada día. Sonrió y me habló del aceite de jojoba , lo usaba solo la mayor parte de los días y en ocasiones lo combinaba con  aceite de rosa mosqueta . 5 mascarillas para la caída del cabello, el cabello débil, fino, que no crece o con caspa: usos, beneficios y mejores combinaciones Su piel es perfecta, suave y luminosa, de esas que parecen de porcelana. Cuando le pregunté su secreto, me contó que usaba el aceite de jojoba desde hacía muchos años. Me dijo que se lo recomendaba a todo el mundo y que prácticamente era su “todo en uno” para el cuidado de la piel y del cabello. El aceite de jojoba es un aceite portador increíble con propiedades que sorprenden. Se obtiene de...

Para ser justa conmigo, te colocaré exactamente en el lugar que me diste en tus prioridades.

 

"El amigo ha de ser como la sangre, que acude luego a la herida sin esperar a que le llamen". Francisco de Quevedo 


Querido diario, hoy pienso en quienes solo aparecen cuando me necesitan, pero tienen excusas cuando soy yo quien los necesita.




Para ser justa conmigo, he decidido colocarte exactamente en el lugar que me diste en tus prioridades. Ni más arriba, ni más cerca, ni con una entrega que ya no me nace ofrecer de la misma manera. No es un castigo, ni una forma de cerrar la puerta con rabia. Es simplemente el modo en que he aprendido a respetarme, a no seguir dejándome al final de todo, como si mi presencia pudiera esperar siempre.

Durante mucho tiempo estuve ahí, disponible, cercana, atenta, como si mi vida pudiera acomodarse sin esfuerzo al ritmo de los demás. Me di cuenta de que siempre que alguien me necesitaba yo estaba, porque quería, porque me nacía, porque sentía de verdad que esa persona me necesitaba. Y quiero dejar esto claro, sobre todo para mí misma, porque he pasado demasiado tiempo dudando de mi propia forma de querer. No ha sido por miedo a perder las relaciones ni por temor a la soledad. Ha sido por pura generosidad, por ese impulso natural de dar sin calcular. Pero los seres humanos, muchas veces, no están acostumbrados a la generosidad; no saben reconocerla, y menos aún, apreciarla como merece.

Yo he dado porque así soy, porque cuando quiero a alguien me sale estar, escuchar, acompañar, sostener, como si llevara dentro una lámpara encendida para los días oscuros de otros. Y no me arrepiento de haber sido así. No me arrepiento de haber tendido la mano, de haber contestado mensajes a deshoras, de haber dejado cosas mías para ocuparme de otros. Lo hice con el corazón abierto, sin cálculo, sin interés, sin esperar una moneda de vuelta. Lo hice porque me nace. Y si alguna vez me pregunté si eso era demasiado, hoy sé que no lo era. Lo que era demasiado era dar tanto y encontrar tan poca presencia del otro lado.

Con el tiempo empecé a notar algo que al principio me dolía aceptar. Las pocas veces que yo necesitaba a esas mismas personas, nunca estaban disponibles. Siempre había un hueco después, un mensaje tardío, una excusa amable, una promesa sin fecha. Solo quedábamos cuando ellas tenían un momento libre, cuando les venía bien, cuando necesitaban desahogarse o cuando buscaban un poco de compañía. Y sin quererlo, empecé a sentirme el comodín, la persona a la que se recurre cuando hace falta llenar un vacío, pero no cuando hace falta sostener una verdadera reciprocidad.

Y eso me hería. Me hería porque yo no uso a la gente. Cuando tengo una amistad, esa amistad ocupa un lugar importante en mí. Está arriba, junto a mi familia, porque para mí las amistades son la familia que una no escoge, pero sí cuida con cariño, con presencia, con lealtad. Yo no entiendo la amistad como algo que se saca solo cuando sobra tiempo. La entiendo como un lugar vivo, como un espacio donde hay intercambio, cuidado, memoria y verdad. Por eso me dolía tanto sentir que yo era la última en la lista, la que esperaba, la que se adaptaba, la que siempre encontraba un hueco aunque nadie pareciera encontrarlo para mí.

Hubo un tiempo en que traté de no darle importancia. Me decía que cada persona da lo que puede, que todos llevamos cargas, que no siempre se puede estar. Y eso también es verdad. Pero cuando la ausencia se repite, cuando la disponibilidad solo funciona en una dirección, una empieza a entender que no está en una relación equilibrada, sino en una forma de costumbre que la va dejando vacía. No fue un descubrimiento brusco, fue una tristeza lenta, una de esas tristezas que no hacen ruido pero se quedan a vivir dentro.

Y entonces apareció la pregunta que más me ha dolido y más me ha enseñado. ¿Por qué lo permito?. ¿Por qué acepto siempre solo las migajas? Quizás me falte amor propio, o porque he sido demasiado generosa, demasiado confiada, demasiado dada a creer que el afecto sincero bastaba para que el otro también quisiera cuidarlo. Pero no siempre ocurre así. A veces uno entrega desde la pureza y el otro recibe desde la costumbre. A veces una da de corazón y el otro solo toma. Y ahí es donde empieza el cansancio, no el del cuerpo, sino el cansancio profundo del alma.

Ese cansancio tiene un peso extraño. No se ve desde fuera, pero por dentro va dejando una especie de desgaste, como si uno se fuera quedando sin brillo poco a poco. Yo creía que estar siempre disponible era una forma de amar bien. Ahora entiendo que también puede ser una manera de olvidarse de una misma. Y eso me ha dolido reconocerlo, pero también me ha liberado. Porque entenderlo es empezar a salir de ahí.

Hoy sé mejor lo que no quiero. No quiero relaciones en las que soy la última, ni vínculos donde solo me buscan cuando necesitan desahogarse, entretenerse o vaciarse un rato. No quiero ser un espacio de paso. No quiero ser la persona a la que se le llama solo cuando sobra tiempo o falta consuelo. Quiero relaciones profundas, pocas si hace falta, pero verdaderas. Prefiero la profundidad a la cantidad. Prefiero una presencia sincera a diez ausencias disfrazadas de cariño. Prefiero un silencio compartido con alguien que me quiere de verdad, a una conversación constante con quien solo me utiliza como refugio temporal.

He comprendido también que ser justa conmigo no es endurecerme. Es colocar cada cosa y cada persona en su lugar. Es dejar de forzar lo que no es recíproco. Es entender que si alguien me pone al final, yo no tengo por qué seguir poniéndolo al principio. No como venganza, no como castigo, sino como un acto de dignidad. Porque querer a alguien no debería obligarme a renunciar a mi propio valor.

Hay algo en todo esto que me ha cambiado profundamente. Antes pensaba que si daba más, si entendía más, si esperaba un poco más, quizás las cosas se equilibrarían solas. Ahora sé que no. Ahora sé que el equilibrio no llega por insistencia, sino por verdad. Y la verdad es que no quiero seguir en relaciones donde me siento pequeña. No quiero seguir aceptando migajas cuando tengo hambre de algo entero, limpio, honesto.

Tampoco quiero dejar de ser como soy. No quiero volverme fría, ni desconfiada, ni dura. Porque la generosidad forma parte de mí y no pienso renunciar a ella. Seguiré siendo una persona que da, que escucha, que acompaña. Pero quiero hacerlo desde un lugar más cuidado, más consciente, más mío. Quiero dar sin perderme. Quiero amar sin vaciarme. Quiero estar sin olvidarme de que yo también merezco ser buscada, elegida y cuidada.

Tal vez eso sea madurar. Tal vez eso sea crecer de verdad. Entender que no todo el mundo sabe recibir lo que uno ofrece con el corazón limpio. Entender que hay personas que no están preparadas para reconocer la generosidad, que incluso pueden incomodarse ante ella porque les obliga a mirarse, a responder, a corresponder. Y aun así, no dejar de ser generosa, solo aprender a no entregarlo todo allí donde no hay manos capaces de sostenerlo.

Hoy ya no me duele igual. Sigo sintiendo, porque no sé querer de otra manera, pero ya no me traiciono. Ya no me obligo a quedarme donde solo soy una opción secundaria. Ya no acepto relaciones tibias por miedo a quedarme sin nada. Me tengo a mí, y eso vale más que todo el oro del mundo.

Así que sí, te colocaré exactamente en el lugar que me diste en tus prioridades. Lo haré con serenidad, con la calma de quien por fin entiende que el respeto propio también es una forma de amor. Y desde ahí, desde ese lugar más firme y más claro, seguiré caminando. No con rencor, sino con lucidez. No con dureza, sino con verdad.

Porque merezco relaciones donde mi generosidad sea vista, no aprovechada. Merezco vínculos donde mi presencia importe. Merezco ser querida con la misma profundidad con la que yo quiero. Y si eso no llega, entonces prefiero mi paz. Prefiero mi calma. Prefiero volver a mí.


Comentarios

Entradas populares